Cristian Olivé se autodefine como profesor rebelde.

Cristian Olivé es profesor de literatura en el Instituto Joan Pelegrí de Barcelona. Pero no es un profesor cualquiera. Se considera un rebelde, porque su objetivo es que los alumnos aprendan mediante la emoción. Y para eso no duda en bajar al terreno de los chavales si es preciso. Explica su método en su reciente libro Profes rebeldes.

¿Por qué te defines como rebelde?
Porque lo que hago, al final, es situar el alumno en el centro del aprendizaje. Para mí es algo rebelde porque a menudo nos basamos en programaciones establecidas, rígidas y aburridas.

La literatura no es aburrida.
Quizás lo aburrido sea recibir siempre un control de lectura, al final. Yo les propongo una actitud más vivencial.

Usando Instagram, por ejemplo.
Sí, en esa actividad convertimos al personaje principal del libro en un instagramer. Cada alumno iba explicando la trama a través de las publicaciones. Así, la lectura es más sincera. Mi gran obsesión es generar ganas de leer y despertar el placer por la lectura.

¿Quién iba a decir que Instagram podía ser educativo?
Los alumnos son los primeros sorprendidos. Y agradecidos de ver como un elemento de su realidad, y que además es una cosa prohibida, de repente, se transforma en una herramienta educativa.

Instagram, Rosalía, Netflix… Buscas la complicidad de tus alumnos.
Pensemos en lo que más nos gustaba cuando éramos pequeños. Si un profesor nos lo hubiera puesto en clase estoy seguro que nos habríamos emocionado el triple en esas clases. A lo mejor no recordaremos los datos, pero siempre recordaremos la emoción de aprender.

Defiendes el uso del teléfono móvil.
Muchos de los problemas que nos encontramos en clase han surgido en el mundo digital. Evitarlos es un error porque la educación del siglo XXI merece respuestas del siglo XXI.

Si no te gustan los exámenes, ¿cómo evalúas los conocimientos?
Los exámenes los tengo que hacer, pero soy muy crítico, porque sólo tienen en cuenta el resultado final y para mí lo más importante es el proceso. Cada alumno es diferente, por tanto, es un error pedir lo mismo a todo el mundo

¿Qué podemos hacer con un alumno que suspende todo?
Sobre todo, motivarlo. Hay que demostrarle que lo que explicamos tiene una aplicación en la realidad. También hay que descubrirles una emoción. Pero primero hay que enseñarles a emocionarse.

¿Qué papel juega la familia?
Los familiares son cómplices. Los alumnos tienen que ver que caminamos a la vez. Yo defiendo que las familias deben estar muy presentes, pero siempre colaborando.