Albert Villanueva acaba de publicar Por hacer a tu muerte compañía

Después de 34 años en el mundo de la enseñanza Albert Villanueva nos descubre el gran proyecto que lleva gestando desde hace diez años:  Por hacer a tu muerte compañía. Una novela histórica, y un poco negra, ambientada en la Barcelona de los años 20 y en el American Lake, el gran proyecto urbanístico que pretendía convertir Gavà en un nuevo Montecarlo. La novela se puede encontrar en algunas librerías de Gavà o Viladecans y sobretodo en plataformas online como Amazon.com

¿Cómo empezó todo?
Bueno, la novela se me ocurrió ahora hará diez años. Incluso hice toda la investigación histórica. Pero luego se quedó en el disco duro del ordenador, por cuestiones profesionales y familiares.

Y, de repente, un día…
En verano de 2017 me decidí a tirarme a la piscina. No se lo dije ni a mi mujer. 

Por si acaso.
Quería ponerme a prueba, primero.  Ver si era capaz de escribirla. Entonces ni siquiera pensaba en publicarla.

¿Por qué?
Sentía pudor. Me parecía hasta pretencioso pensar que a alguien le pudiera interesar leer algo que yo había disfrutado tanto escribiendo. Fueron mis amigos quienes me empujaron. Una amiga que es profesora de literatura, y otro, escritor.

¿Podemos decir que Por hacer a tu muerte compañía es una novela histórica?
Podemos etiquetarla así,  porque pasa en una época muy concreta. Aunque yo creo que, al final, todas las novelas hablan de lo mismo, de sentimientos. Pero la mía quería situarla en tres momentos que siempre me han fascinado.

 ¿Cuáles?
Por un lado la Barcelona de los años 20, la de los movimientos obreros y el pistolerismo. Una época alucinante, y muy desconocida. Porque luego vino la Guerra Civil y se lo comió todo. Aquellas revueltas de chavales de 19 años que se jugaban la vida por unos derechos laborales que ahora muchos creen que vienen de serie. La huelga de la Canadenca duró 44 días. ¡Para conseguir la jornada de ocho horas! El segundo es el Gavà de los años 20. Un pueblo de mala muerte, entonces. Con apenas 2.000 habitantes, casi todos payeses pobres. Hasta que llega Artur Costa, un potentado de Barcelona. Se hace una torre y comienza a invertir dinero. Trae la energía eléctrica, regala terrenos… Y pone en marcha un proyecto que pretendía convertir Gavà en el Montecarlo catalán: el American Lake. Un parque de 35.000 metros cuadrados,  con una lago, hotel, restaurantes, un casino, un bosque ajardinado, un barrio de piedra… Ahora ya no queda nada, claro. Pero quería hablar de ello.

Y falta uno.
Mi infancia. Yo soy hijo de Gavà, crecí en los años 60, cuando era un pueblo de calles sin asfaltar, donde los niños jugábamos en la calles. Quería ligar estas tres épocas y para eso me inventé a Julia, una mujer que vuelve a Gavà después de veinte años para recuperar su pasado. Descubre una foto de su abuelo en el American Lake junto al president Francesc Macià. Comienza a investigar y descubre que estuvo metido en movimientos anarquistas, independentistas. Algo muy diferente a lo que le habían explicado.

Tiene pinta de novela negra.
Algo debe haber. Porque soy lector de novela negra. Yo creo que es por la investigación. Porque todo lo que sale en la novela, los asesinatos, los atentados, todo está documentado. Lo único que he hecho es situar mis personajes en esos hechos.

Eres profesor de historia, claro…
Lo fui, los primeros años. Ahora enseño informática. Siempre en Viladecans, los 34 años que llevo en la enseñanza.

 ¿Eres de los profesores motivados o de los que se sienten saturados?
Como la mayoría de los profesores yo pasé un bache. Llegué muy joven a la enseñanza, con 22 años. ¡Con una fuerza que te cagas! Pero el sistema educativo es algo tan macizo, tan inamovible que, sin darte cuenta, te atrapa. Acabas siguiendo una rutina hasta que, un día, deja de funcionar. Entonces comencé a culpar a todo el mundo. A los alumnos por no trabajar suficiente, a los padres por no implicarse, a la administración por la falta de recursos… Todo el mundo tenía la culpa menos yo. Pensé incluso en lanzar la toalla. Por suerte comencé a ir a congresos de educación, y aquello me  abrió los ojos. Descubrí que había otras maneras de enfrentarse a los nuevos retos. Me rehice, y ahora sé que la revolución educativa hay que hacerla desde las aulas. Ahora me falta pocos años para jubilarme, pero vuelvo a tener la energía de cuando era un crío.